Maldita Navidad

Cuando la radio se encendió automáticamente a las ocho en punto, como cada mañana, el viejo ya llevaba un rato despierto. En la última Navidad que habían pasado juntos, antes de que su nieto menor, el segundo, hubiese nacido, su hijo le había regalado el aparato y lo había dejado programado con la emisora favorita del viejo. Él no se atrevía a tratar de cambiar la hora, no fuese a estropearlo todo. Tampoco se animaba a pedírselo a su hijo por teléfono: sólo le llamaban muy de vez en cuando y, con la excusa de que el abuelo hablase con sus nietos, su hijo apenas si cruzaba un saludo con el hombre; no era cuestión de molestarle con el asunto de la radio. El viejo ni siquiera recordaba por qué habían discutido, pero se había convencido de que, a pesar de ello, esa tarde recibiría su llamada.
—Maldita Navidad —dijo el viejo al incorporarse de la cama.
Después de lavarse la cara para terminar de despejarse, el viejo recorrió el estrecho pasillo en dirección a la cocina con la única compañía del rumor de la radio que sonaba desde la habitación. Desayunó sentado en la pequeña mesa pegada a la pared, engulló la legión de pastillas que le tocaba por las mañanas y luego fregó los cacharros a mano.
Se calzó sentado en la silla de la entrada, colocó la gorra marrón de lana sobre su cabeza y tras soltar un largo suspiro frente a la puerta, por fin se decidió a salir. A pesar de que todavía era pronto y el invierno estaba siendo especialmente frío, las calles estaban llenas de gente. Riadas de viandantes llenaban las aceras cargados con bolsas repletas de regalos, las últimas compras para la cena de Nochebuena y botellas de vino y champán. Los niños llevaban gorros rojos con borlas blancas que le recordaron al que sus nietos le regalaron la Navidad anterior. Lo decoraron con pegatinas de Mickey Mouse y naves espaciales y se lo mandaron por correo. El viejo lo guardaba con mimo en el cajón de su mesilla.
—Maldita Navidad —masculló el viejo mientras se abría paso entre la multitud.
Tras las pertinentes paradas para recoger sus encargos en la panadería y la carnicería, el viejo volvió a casa.
Cuando llegó, con los huesos doloridos por el frío y cansado de la caminata, encendió el televisor, apagó la radio y se dejó caer con cuidado en el sofá. Dio un par de largas cabezadas hasta que se despertó definitivamente con la sintonía del informativo diario. Bajo el pequeño abeto de plástico situado a la derecha del televisor descansaban dos regalos. Si finalmente recibía la llamada, se los enseñaría a sus nietos a través de la cámara del teléfono y más tarde los guardaría en el armario en el que almacenaba los regalos de todas las navidades anteriores, esperando que por fin le visitasen y pudiese entregárselos en persona. Después de echar un rápido vistazo a los paquetes volvió a la cocina, desde donde aún podía oír el ruido de la televisión de fondo.
Colocó en la mesa un plato blanco decorado con motivos navideños de color rojo. Era el que su mujer solía usar para su pastel de Navidad y el viejo sólo lo utilizaba ese día en todo el año. A sus flancos puso los cubiertos. Unos minutos después estaba sentado frente al plato, donde ahora descansaba la chuleta reseca. Un poco más allá situó su teléfono móvil apoyado sobre una botella de cristal llena hasta la mitad de agua del grifo. La comida del día de Nochebuena iba a ser su cena de Nochebuena; hacía ya tiempo que, debido a su falta de apetito nocturno, casi nunca cenaba y siempre se acostaba pronto, en cuanto el sueño le vencía, y esa noche no iba a ser ninguna excepción. Confiaba en que su hijo recordase aquella rutina y llamase en cualquier momento. Por si acaso, había decidido comer con la pantalla del teléfono delante. No quería perderse la llamada por nada del mundo.
También había sacado del cajón de la mesilla el gorro rojo con borla blanca y pegatinas de Mickey Mouse y naves espaciales que sus nietos habían hecho especialmente para él. Lo llevaba puesto e iba a comer sin quitárselo, esperando dar una sorpresa con su atuendo a los niños. No los veía desde que le llamaron para contarle sus vacaciones de verano, seguro que habían crecido muchísimo en todo ese tiempo y quería demostrarles el cuidado con que había conservado el preciado regalo durante todo un año. Recordó sus caras y el tono de sus voces. Sus perennes sonrisas y el sonido tan especial que en sus labios tenía la palabra abuelo.
Mientras masticaba lentamente la carne, su mirada seguía fija en la pantalla del teléfono.
Una lágrima recorrió los surcos de su arrugado rostro.
—Maldita Navidad —dijo—, ojalá no se acabase nunca.

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