EL DIEZ

Maradona no es una persona cualquiera y, aunque no creo que nadie tuviese dudas sobre esto antes, la repercusión que tuvo su muerte, más allá del ámbito futbolístico o incluso deportivo, así lo demuestra.

En mi caso personal no tengo muchos recuerdos de Diego, mucho menos sobre su etapa dorada.  Puedo recordar con bastante nitidez el mundial de EEUU ’94 y que echaron a un jugador de Argentina por doparse, aunque en mi memoria hay imágenes mucho más claras de la camiseta de España (tuve la azul) y, por supuesto, de la dramática eliminación en cuartos ante Italia después de que a Luis Enrique le partiesen la nariz (cómo olvidar aquella imagen). Me resulta más fácil evocar imágenes del ocaso de Maradona en Boca a través de lo que mostraban en El Día Después y recuerdo la resonancia que tenía todo lo que hacía, aunque todavía no era capaz de dimensionar su importancia. Decían que estaba a la altura de los mejores de la historia, si no los había superado, pero aquello significaba poco para mí porque no tenía la información ni el criterio como para saber si había en esas afirmaciones algún fundamento o si simplemente nos estábamos dejando llevar por la calidad de un jugador espléndido y aún en activo. A veces sucede que lo actual nos parece infinitamente mejor que cualquier cosa que haya existido antes simplemente porque no sabemos separar la emoción que nos produce el hecho de estar viviendo un determinado evento en directo de la calidad real y objetiva que el evento tiene en sí; esa ponderación sólo la construye el paso de los años, y a veces ni siquiera eso. Además, entonces no teníamos la posibilidad de reproducir en bucle el gol del siglo, la mano de Dios o el gol de vaselina al Estrella Roja, así que la mayor parte de la información que yo tenía sobre Maradona era de oídas. Con lo cual no puedo decir, y sería absurdo afirmarlo aunque fuese simplemente por la edad que tengo, que soy maradoniano desde pequeñito. Dicho todo esto, no creo que nada de lo hasta ahora explicado me incapacite para emitir un juicio de valor acerca del significado y la importancia de la figura de Diego Armando Maradona en la historia del fútbol, por supuesto, en la del deporte, por extensión, pero también, y para mí es el factor clave, como icono del siglo XX (y ésta es una definición que tomo prestada del fan número uno de Maradona que yo conozco y con la que estoy, por cierto, absolutamente de acuerdo).

Queen es uno de mis grupos favoritos y la figura de Freddie Mercury una de las más atractivas en la historia de la música y de más importancia en la sociedad de los años 80 y 90 del siglo pasado. Me encanta escuchar a los Beatles tanto como las canciones que John Lennon compuso en su etapa posterior al grupo. Nunca vi a ninguno de ellos en directo. Uno murió antes de que yo naciese y el otro antes incluso del primer recuerdo que yo tengo de Maradona. Me parece absurdo siquiera plantear que esto me impida valorar sus carreras, el valor de su trabajo y la huella indudable que dejaron en millones de personas más allá de su labor como artistas o músicos. Pues lo mismo con el Diego. Porque Maradona muy pronto trascendió la cancha y el fútbol y se instaló, por derecho propio, en el olimpo de los superdotados en su profesión que, además, se erigen en símbolos para un grupo, un pueblo o, como en este caso, una legión interminable de admiradores. Su incuestionable habilidad con la pelota y ese inconformismo rebelde que caracterizaba su manera de encarar la vida se unieron en una misma persona y se cruzaron en el tiempo con diversos momentos de diferente importancia a nivel nacional en Argentina o a nivel social en Italia. Y todo esto formó un cóctel de consecuencias incalculables cuando el Diego salió de Villa Fiorito.

Maradona comenzó su camino en el fútbol profesional en Argentinos Juniors en 1976, pocos días antes de cumplir los dieciséis (vamos a saltarnos el tan manoseado paso por Cebollitas). La historia es diferente en función de quien la cuente, como pasa siempre (ya lo comentamos aquí), así que resumiré la que yo más veces he escuchado: Josep María Minguella, agente de futbolistas y personaje desde hace décadas vinculado al mundo del fútbol, en particular al FC Barcelona, le vio jugar en Argentinos en uno de sus múltiples viajes a Sudamérica durante aquella época y trató de ficharlo. Hablamos de finales de los años 70 del siglo XX. Maradona había debutado en la Primera División argentina el mismo año en que se instauró el Proceso de Reorganización Nacional, o PRN, en Argentina: una dictadura de marcado carácter militar que alcanzó el poder tras un golpe de Estado y que, después de varios años de dirigir el país a capricho y con decisiones y actuaciones en las antípodas de lo que es un Estado de Derecho, se hundió tras fracasar en la guerra en la que los mismos militares golpistas habían sumido al país llevando a la muerte a miles de jóvenes argentinos. Pero nos estamos adelantando.

Minguella, decía, quería llevarse al chico al Barcelona. Habló con Argentinos Juniors y quedó todo apalabrado y acordado en 1978, pero la dictadura no había pronunciado aún su última palabra. Siempre según la versión del catalán, fue la dictadura la que impidió la salida de Maradona “antes del mundial de ustedes -cuenta Minguella que le dijeron, literalmente- porque la patria le necesita”. El agente consiguió, ante la imposibilidad de traer al futbolista a Europa, la cesión del jugador a Boca Juniors hasta que pudo viajar a España para el Mundial’82 y firmar, ese mismo verano, su contrato con el Fútbol Club Barcelona. Tras un par de años en la Ciudad Condal en los que apenas consiguió triunfos de importancia ni tampoco sentirse importante o cómodo, Maradona abandonó España para fichar por el Nápoles italiano. El club, hasta la llegada de Maradona en 1984, había alternado temporadas en serie B en los años 60 con la consecución de un par de Copas de Italia y una Copa de Liga anglo-italiana. Un equipo sin más importancia en un país en el que las diferencias entre el norte y el sur siguen siendo marcadas hoy, pero que entonces se traducían en un ambiente absolutamente xenófobo y discriminatorio por parte de las ciudades del norte (Milán, Turín…) con sus compatriotas del sur. Una situación agravada por la hegemonía de los equipos de fútbol norteños con respecto a los del sur en un país en el que este deporte se vivía entonces (y probablemente hoy también) con la misma pasión que se vive en Argentina. Entre 1984 y 1990, su estancia en el equipo napolitano, Maradona llevó al club a las cotas más altas de su historia con la consecución del Scudetto en 1987 y 1990 y la Copa de la UEFA en 1989, así como la Supercopa de Italia en 1991. Desde la marcha de Maradona, el Nápoles pasó por momentos durísimos, con varios descensos a la Serie B e incluso la desaparición y posterior refundación del club en 2004 hasta conseguir convertirse de nuevo en un referente dentro de la Serie A durante la segunda década del siglo XXI e incluso participar en varias ediciones de competiciones europeas. Volviendo a Maradona, entre 1991 y 1992 no jugó por estar sancionado. En 1992 fichó por el Sevilla y jugó en el equipo andaluz durante una temporada, después formó parte de Newell’s Old Boys durante varios meses, pero jugando solamente cinco partidos. Se retiró en 1997 como jugador de Boca Juniors, el club de su corazón. Y hasta aquí su carrera como futbolista. Sus escasos logros como entrenador, especialmente si se comparan con lo que consiguió como jugador, son irrelevantes para el asunto que nos ocupa aquí: la importancia que Maradona y lo que consiguió (por las circunstancias en las que lo hizo) tuvieron en su tiempo.

El mito de Maradona más allá de los terrenos de juego comienza a fraguarse en Argentina durante la dictadura que le impidió salir a Europa antes de cuando lo hizo, pero se consolida en el mundial de México ’86. Después del Mundial de España cuatro años antes, Bilardo había sustituido a Menotti como seleccionador y Maradona se convirtió en su capitán sucediendo a Passarella. El PRN se había disuelto tres años antes envuelto en acusaciones de corrupción, secuestros y genocidio empujado por el más estrepitoso de los fracasos en la Guerra de Las Malvinas de 1982. En menos de un mes y medio murieron en combate más de 600 jóvenes argentinos. El país había sufrido una humillación total a manos de los ingleses empujados por un gobierno fuera de control y las consecuencias de lo sucedido durante aquellas pocas semanas de 1982 resonarían en la mente de los argentinos durante décadas. La crisis económica y social en la que la dictadura había sumido al país, agravada con el colofón de la derrota y masacre en las Malvinas, configuró una situación nacional en la que los argentinos se sentían absolutamente desamparados por sus gobernantes, robados, mentidos y huérfanos de líderes en quien confiar. Y entonces llega el mundial de México. La selección albiceleste se presenta con un Maradona que, a pesar de su indudable calidad, lleva dos años en un club italiano de medio pelo y sin ganar ni un solo título. El resto de integrantes del combinado nacional no ofrecen mucho margen para la esperanza, pero los argentinos necesitan creer en algo. Necesitan confiar en alguien. Su casi inquebrantable ego pasa por uno de los momentos más duros de su historia y, si el fútbol no lo remedia, puede que no vuelvan a recuperar la confianza como pueblo (¿os imagináis?). Después de una victoria por la mínima ante Uruguay en octavos, las infinitas casualidades que fabrica el fútbol en su trastienda invisible se materializan en un enfrentamiento en cuartos de final entre Argentina e Inglaterra. Cuatro años después de la guerra de las Malvinas. De la humillación y la masacre de centenares de sus jóvenes. Cuatro años después del fatídico conflicto armado que culminó la etapa más oscura de su historia reciente, el fútbol, eterno elemento vertebrador de la sociedad argentina (especialmente cuando se trata de las rayas celestes y blancas), ofrece la revancha en lo más parecido a una guerra que podemos encontrar en el deporte: el enfrentamiento entre dos tribus que han cambiado las armas por una pelota de fútbol. A nivel social y político el revuelo fue tremendo. Las peticiones de diferentes grupos de ambos bandos iban desde quien pidió que Argentina jugase con un dibujo de las islas en cuestión sobre la camiseta hasta quien defendía que la selección americana debía abandonar el torneo. Pero nada de eso sucedió. El 22 de junio de 1986, argentinos e ingleses se dieron cita en uno de los escenarios más impresionantes del momento (y de la actualidad) no sólo a nivel deportivo, sino en cualquier ámbito. Con una capacidad de casi 115.000 espectadores y una asistencia real que probablemente nunca lleguemos a conocer, las personas que aquel mediodía mexicano presenciaron el encuentro no tenían ni idea de lo que el fútbol les tenía reservado.

El partido, no especialmente brillante debido al efecto del calor y la altitud en los jugadores, se fue al descanso sin goles. Pero seis minutos después de la reanudación el destino de un futbolista, una selección y un país empezaría a cambiar para siempre. En el ’51 llega la mano de D10S y cuatro minutos después el gol del siglo. Doscientos cuarenta segundos que moldearon para siempre el altar desde el que el Diego definió un deporte y a toda una generación. El alivio de una nación ávida de revancha, pero más necesitada de un pegamento que uniese de nuevo, y quizá para siempre, los pedazos de un orgullo nacional a punto de estallar por los aires. Con un gol de pillo, un gol tramposo, y después dejando sentado por el camino a medio equipo inglés y a todo el país británico. Riéndose en su cara por ser más listo y por ser infinitamente mejor. No se me ocurre una revancha más placentera. Bueno, sí: que hubiese sido en la final y en Inglaterra, pero me imagino que los argentinos se conformarían así. Y de esta manera, en un torneo mundial que terminan ganando, la selección argentina personificada en la figura de Diego Armando Maradona llevó la redención a todo un pueblo que nunca dejaría de idolatrarle.

Probablemente todo lo que hayamos contado hasta ahora bastase para que un jugador de fútbol se convirtiese en algo parecido a lo que llegó a ser Maradona. Pero la historia no acaba ahí. No acaba la historia del futbolista ni tampoco el mito futbolístico se queda en lo conseguido en México ’86. Falta la continuación de la aventura italiana. Falta contar que, no contento con haber llevado la redención a Argentina después de una de sus mayores catástrofes, Diego Maradona se enfundó la celeste napolitana para construir la vendetta que el Napoli anhelaba sin saberlo. El club y la ciudad se negaban a aceptar el papel de bufones que el norte italiano les había impuesto. Su espíritu rebelde y combativo, similar al de los argentinos, les impedía agachar las orejas y aplaudir ante los insultos de sus compatriotas de la mitad privilegiada del país, pero era una lucha que casi sabían perdida. Hasta que llegó Maradona con otra opinión. Porque, de igual manera que había hecho con todo un país sacudido por el horror de ver morir a centenares de sus jóvenes en menos de ochenta días de guerra, el Diego decidió que el tiempo de apretar los dientes había terminado para los napolitanos. Así que la temporada después de ganar el mundial, Maradona regaló a la ciudad de Nápoles el sabor de la victoria y de la revancha, el aroma de la superioridad real y no inventada, el sonido de la celebración y la supremacía futbolística sobre todo un país en forma de título de liga y copa. A falta de uno, dos. Los dos torneos nacionales más importantes. Y después vendrían tres más: una UEFA y otra Serie A y, el último, la Supercopa de 1990. Nunca más un tifoso del Napoli volvería a agachar la cabeza de Roma para arriba, si es que alguna vez lo hizo.

Y Maradona tomó la forma y los rasgos del eterno rebelde, del oprimido que aplasta a su opresor. Fue Robin Hood, Rob Roy y Ned Kelly todo en uno y mucho más. Es el epítome de mito para los argentinos. Un mito tiene la capacidad de instilar confianza en un pueblo, en un grupo de personas, acerca de algún aspecto concreto. Si no la confianza de que lo que el mito encarnado hace, puedes hacerlo tú, sí al menos la seguridad de que cuando se le necesite, el mito estará ahí para partirse el pecho por su pueblo. Aunque ese mito sea un niño y sólo se dedique a jugar al fútbol. Aunque el simbolismo del que se le ha rodeado sea tan merecido por su actuación en el césped como necesidad de fabricar un héroe por parte de quien lo elevó a los altares. Esto es lo que Maradona y la consecución del Mundial ’86, con la épica victoria ante Inglaterra como partido más destacado por su repercusión y las circunstancias que lo rodearon, significó para Argentina. Diego no había cumplido 26 años y lo único que quería cuando salió de Fiorito era jugar al fútbol.

Y mientras Maradona conseguía todo esto para Argentina y los argentinos, para el Nápoles y los napolitanos, la droga se fue entrelazando con sus hazañas hasta que muchos quisieron hacerle ver como una persona indisoluble de la blanca sustancia. Lejos estoy de justificar su uso y abuso de drogas o de quitarle importancia. Pero tampoco se la voy a dar. Lo único que pretendo es que, quien quiera juzgar, lo haga al menos con un mínimo de contexto, por si acaso la piedra rebota. No creo que ninguno de nosotros aguantase el juicio a toda nuestra vida si éste fuese basado en un único aspecto o decisión, más aún si se trata de la parte más oscura o de la elección más equivocada que hayamos podido realizar nunca. Si se hace con él, si cuando se habla de Diego Maradona es para sacar inmediatamente el asunto de las drogas, es simplemente para calmar nuestras conciencias. ¿Por qué tenía que ser un ejemplo? Una cosa que no he entendido nunca es que los personajes públicos tengan que ser un ejemplo de algo más allá de su propia profesión o de aquello a lo que se dediquen, y ni siquiera. Si me apuras, puedo considerar incluso que usarlos por parte de los poderes públicos para determinadas causas no es más que el reflejo de la propia ineptitud de éstos a la hora de conseguir un determinado objetivo, de su falta de imaginación o de su escaso interés real en la causa. Quizás incluso de las tres. Y otra cosa que no entiendo es que, si en algunos aspectos se enfatiza que no fue un buen ejemplo, ¿por qué no se hace el mismo hincapié en las facetas en las que sí lo fue? Porque salir de donde salió para llegar donde llegó es una travesía que deja la de Frodo hacia Mordor en un paseo de domingo por la orilla del río. También se obvia con demasiada frecuencia su lucha constante y su ejemplo a la hora de pelear por las condiciones de sus compañeros. Se omiten las historias en las que se negaba a viajar en business con la directiva porque el resto de sus compañeros lo hacían en turista. O cuando jugó un amistoso en Francia con el tobillo como una naranja porque, de no ser así, la prima que cobraría la plantilla por el partido se vería reducida a la mitad. Y ejemplos de este tipo hay todos los que queramos, pero venden menos. No nos esforcemos en denostarle, porque Diego ya tuvo el peor enemigo que podía tener: Maradona. Enfocar el debate sobre su figura exclusivamente en los errores que cometió en su vida privada roza lo vulgar y abraza lo hipócrita, pero la explicación a este empeño por no olvidar los agujeros a los que se vio empujado a lo largo de sus mejores años la dio perfectamente Tony Montana en Scarface: “You need people like me so you can point your fucking fingers and say <That’s the bad guy>”.

Para qué discutir si fue o no el mejor futbolista de la historia cuando fue sin lugar a dudas algo mucho más importante: el icono popular de origen futbolístico más importante de todos los tiempos (y uno de los principales del siglo XX). Maradona trascendió el fútbol hace mucho tiempo y se incrustó en la historia como un icono eterno. Y de esto hace más de 40 años. El debate sobre quién fue el mejor futbolista del mundo queda para quien quiera hablar de fútbol.

Pero Maradona murió. Es probable que Diego llevase muerto ya bastante tiempo o que sus apariciones se redujesen a contados y fugaces momentos con sus más íntimos, por lo que cuentan. Cuando pensábamos que era inmortal por las diferentes situaciones en que había gambeteado a la muerte casi teníamos que decirlo en voz alta; no eran palabras pronunciadas como férrea afirmación, sino como el expreso de un deseo ante una situación extrema. Muchos intuían el golpe que les iba a suponer el tener que encajar la noticia de que no había resistido más y por eso expresaban su deseo de que sus colegas los dioses tocasen su frente con una varita mágica para que, de una vez por todas, convirtiesen su carne en inmortal. En los programas deportivos de Argentina posteriores al día de su muerte había varias ideas que se repetían constantemente, pero quizá la más común es la de que “ha sido el mejor de la Historia y era nuestro, es para estar orgulloso”. Entiendo lo que quieren decir y me fastidia aguarles la fiesta a los hermanos albicelestes, pero Diego hace mucho que pasó a ser Patrimonio del Fútbol.

Fallece Maradona y el fútbol se para. El balón queda suspendido en el aire como a la espera de la confirmación del error en la noticia. Pero no hay error. Ha muerto. Repasas videos de goles, regates, pases, controles. Bendito Youtube. Descubres cosas que no habías visto y te das cuenta de que el recuerdo que tenías de aquel gol era mucho menos impresionante que la realidad. Es imposible que nazca otro parecido. Y cuando crees que todo debería quedarse como está, recordando eternamente a Diego y recreándote en sus goles y gambetas, te das cuenta de que el fútbol sigue. Las ligas siguen avanzando, los campeonatos continentales se suceden y Maradona comienza a convertirse en un recuerdo. Ya no está. Quizá ése es el momento más triste en cualquier muerte: ése en el que te das cuenta de que la vida sigue, el mundo continúa girando y el vacío que deja esa ausencia va a quedarse a vivir contigo. Lógicamente, la muerte de un ser querido te afecta mucho más que la de un personaje público, eso no hace falta ni explicarlo. Pero es absurdo negar que también impresiona y conmueve ver el impacto que algunas muertes tienen a nivel mundial.

El poco tiempo que ha pasado ya cubre de polvo algunos de sus episodios menos constructivos y pone el acento en todo lo que consiguió. Los que le conocieron de cerca lo ponen en cómo se comportó con sus compañeros y amigos. Y los demás, Diego Armando, estamos esperando que vuelvas. Siempre te vamos a querer.

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