Pero si no le conocía

* Escribí este artículo, como explico más abajo, el día después de la muerte de Kobe Bryant. Antes de publicarlo definitivamente, nos metimos en la vorágine producida por el coronavirus famoso y me pareció que no era el momento más adecuado. Como esto va para largo, he decidido publicarlo porque, por mucho que nos empeñemos, la vida no se detiene. Ha habido y sigue habiendo infinidad de muertes causadas por el virus. No considero que la muerte de nadie sea más importante o merecedora de más lágrimas que la de cualquier otro, pero a veces hay muertes que son más impactantes que otras. Antes de empezar a leer hay que hacer un ejercicio de abstracción de la realidad actual, si es que eso es posible. Y, si no, casi es mejor dejar el artículo para más adelante. No digan que no les avisaron.

Es lo único que resuena en tu mente sin parar una vez que has dejado el letargo que te atrapó con la noticia y te ha mantenido así durante minutos, horas o incluso días. Pero si no le conocía, te dices. Y es que hay acontecimientos que te golpean sin avisar, como casi cualquier desgracia, y te dejan en ese estado por un tiempo indeterminado. Cuando por fin reaccionas, cuando dejas de repetirte a ti mismo que no puede ser, un pensamiento recorre fugaz tu mente: pero si no le conocía. Y eso es en parte cierto, pero también es en parte falso.

Escribo esto el día después de la muerte de Kobe Bryant. No hace ni 24 horas que ha fallecido en un accidente de helicóptero junto a su hija mayor, de trece años, y ha sido hoy, en algún momento a lo largo de la mañana, cuando he abandonado mi letargo personal para pensar durante medio segundo: pero si no le conocía. Efectivamente, nunca habíamos hablado, nunca había estrechado su mano y ni siquiera (hasta donde yo sé) habíamos estado en la misma ciudad al mismo tiempo. Pero eso no quiere decir que no le conociese. O, al menos, que no conociese parte de él, su faceta pública. Al Bryant jugador de baloncesto. Al Bryant leyenda del deporte. Al tío que había cogido las riendas de un espectáculo como la NBA y lo había liderado tras la marcha de los Jordan, Bird, Johnson y compañía. Nombres que había escuchado de pequeño, durante mi infancia, mientras mis tíos me explicaban que ese señor con la camiseta roja y el número veintitrés era el mejor deportista de la historia (al menos, hasta la fecha). Que teníamos que disfrutarlo mientras durase, porque algún día dejaría de entrar a canasta flotando en el aire. El baloncesto era un juego más para los niños de mi edad en aquella época, pero esos nombres significaban algo que no entenderíamos hasta mucho después: eran portadores de un deporte entero a sus espaldas, llevaban el peso de uno de los espectáculos más grandes del mundo. Se colaban en nuestras casas cuando internet sólo era un proyecto militar y las redes se usaban únicamente para pescar. Mis tíos no veían el baloncesto, ni siquiera veían la NBA; mis tíos veían los partidos de Michael Jordan, los de Magic Johnson, los de Larry Bird. De aquellos que te hacían preguntarte, lo descubrí de mayor, si el deporte con canastas que se jugaba aquí era el mismo al baloncesto que esos tíos jugaban. Y cuando ellos se acabaron llegó Kobe. Con la tarea de llevar el testigo que sus antecesores en la NBA no podían transportar más y pasárselo a la siguiente generación. Pero entre la recogida y la entrega de esa responsabilidad, Kobe Bryant se encargó de hacer de la NBA un espectáculo todavía más grande.

Es verdad que nunca he sido un gran aficionado al baloncesto. Me encanta el fútbol, me apasionan los Juegos Olímpicos, sigo bastante el tenis y me gustan los deportes en general, con el baloncesto quizá un peldaño por encima del que ocupan en las escaleras de mi interés deportes como el waterpolo, el balonmano o el ciclismo. Pero también es cierto que la NBA es otra cosa, es mucho más entretenida. La NBA es un espectáculo. Aunque un espectáculo con un horario horrible para nuestro país, para ser honestos. Aun así, para la generación que crecimos conociendo el baloncesto durante el final de los 90 y la primera década del nuevo siglo, el baloncesto era la NBA y la NBA era Kobe Bryant. Los super fans del basket seguirían también la ACB, por supuesto, pero para los profanos como yo el baloncesto era Kobe Bryant. El mismo que iba a solicitar jugar con el más grande baloncestista de la historia de España y uno de nuestros deportistas más importantes de todos los tiempos. Cada deporte tiene su paladín, y el paladín español del baloncesto es, y será por muchos años, el mayor de los hermanos Gasol. Claro, que nuestro referente en este deporte acabe jugando con una leyenda viva como Kobe Bryant en los Lakers y que, además, sea por expreso deseo de esa leyenda, es el summum para cualquier aficionado. Kobe Bryant quería jugar con Gasol. El baloncesto hecho carne había exigido jugar con él. Y entonces se hacen amigos, y disputan campeonatos juntos, y sufren juntos, y ganan juntos. Y pierden juntos. Y cuando pierden, lloran. Y tú no lloras, pero lo sientes por ellos. Igual que te alegras cuando ganan. Porque forman parte de tu vida. Porque, sin darte apenas cuenta, son parte de ti. Una parte más grande o más pequeña, más importante o menos, pero parte de ti. De tu rutina. De tu vida. No les conoces porque nunca les has invitado a una cerveza, pero les conoces porque no sólo les ves jugar, sino que observas cómo se comportan en la cancha. Te fijas en cómo tratan a compañeros y rivales, a entrenadores veteranos y a jugadores recién llegados. Cómo reaccionan ante la derrota o ante la victoria y cómo se expresan cuando tienen que hablar en público. No es sólo lo que dicen, es cómo lo dicen. Y entonces decides si te caen bien o te caen mal. Si conectas con ellos o no, más allá del deporte, de la música o del cine. Son personajes que, sin saber muy bien cómo ni cuándo, se han convertido en personas para ti. Has sufrido con ellos, te has alegrado por ellos, te has interesado por su estado de salud y te has emocionado con sus logros. Son personas que, en algún momento, han llegado a ser el espejo en el que mirarnos para ser más fuertes, más humildes o más valientes. Hombres y mujeres con los que compartimos un vínculo emocional que parte del respeto, la admiración, el cariño o el afán de superación que nos regalan; un vínculo que nos une, aunque sea de manera unidireccional. En definitiva: son parte de nuestra vida.

Y no sólo deportistas, también actores, músicos, escritores y personajes públicos de todo tipo. Cualquiera por cuya labor su vida sea conocida y, en algún sentido, digna de admiración para ti, cuyas palabras o hechos te hayan marcado en cierta manera, va a dejar un vacío al morir. Porque un trocito de ti se va con esa persona. Porque aquel ejemplo de fortaleza, humildad o valentía no podrá repetirse en el futuro, pero quedará para siempre en tu memoria pintado de color sepia. Por eso estás triste a pesar de no haberle estrechado la mano nunca. Por eso repasas su carrera en fotos y videos, en comentarios y declaraciones de quien sí pudo invitarle a una cerveza, y no puedes evitar dejar caer alguna gota. Porque no era el momento, joder, porque cuarenta y uno no es edad para morir, Kobe. Ni los trece de tu hija. Ni tampoco los casi veintitrés de Antonio Puerta, los veintitrés cumplidos de River Phoenix o los veintisiete de Fernando Martín. Independientemente de las circunstancias, si, además, cualquiera de estos referentes nos deja a edades tan tempranas, la desolación se convierte en devastación, la tristeza en desgracia y cualquier intento de comprenderlo se torna estéril. Por supuesto, no puedo dejar de apuntar la atroz injusticia que supone que apenas se escriban unas pocas líneas, quizá sólo unas cuantas palabras, acerca del fallecimiento del resto de ocupantes del helicóptero en el que viajaba Kobe Bryant con su hija. Personas que tenían también familia y amigos, a quienes se les quería y respetaba en sus entornos, seguro, igual que se quería y se respetaba a Kobe Bryant. Quizá hubieran sido también auténticas estrellas en su ámbito laboral, como él. Pero no van a llenar portadas, páginas y páginas de diarios y revistas, horas de TV y cientos de conversaciones a lo largo y ancho del mundo. Por supuesto que se merecen el mismo respeto y recuerdo que Kobe, aunque sus imágenes no den la vuelta al mundo. Pero es que a ellos no les conocíamos y a Kobe sí.

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