La realidad está sobrevalorada

Aferrarnos a la realidad es aburrido. Pretender que la ficción siempre sea estrictamente fiel a la realidad histórica es incluso peligroso.

Ayer terminé de ver Hollywood, una serie de Netflix que me cautivó desde el primer momento. Cuenta la historia de diferentes personajes que quieren abrirse hueco en la industria del cine americana de finales de los años cuarenta, tras la Segunda Guerra Mundial. En ella aparecen tanto personajes ficticios como reales (George Cukor, Rock Hudson o Vivien Leigh) protagonizando una trama que mezcla también aspectos reales con otros que salen de la imaginación de sus creadores. En cuanto acabé la primera temporada, e igual que hago cada vez que termino una serie que me engancha, busqué en internet información sobre una segunda. Es cierto que el capítulo final da pie a pensar tanto que podría haberla como que no, pero la ley del mercado actual dice que cuando un producto triunfa, independientemente de su sector, será explotado hasta la extenuación. Y esto es especialmente cierto en el sector audiovisual. Aunque cuál fue mi sorpresa, y disgusto, cuando leí el titular de que es más que probable que no haya segunda temporada de Hollywood. Mi gozo en un pozo. En un pozo profundo, óscuro y húmedo.

Claro, que la cosa no acabó ahí. Cuando, después de leer varios titulares, entré en una de las noticias más recientes sobre el tema, mi cabreo se hizo mayor. De hecho, se hizo prácticamente adulto de mediana edad en crisis existencial. Uno de los motivos de la no renovación de la serie es que, como pasa muchas veces, en su gestación se pensó como una única temporada. Aunque, guiados por la ley que comentamos más arriba, Ryan Murphy (el creador de todo esto) se planteaba hacer una antología del tipo American Horror Story o True Detective. Es decir, la posibilidad de una segunda temporada con tramas y personajes independientes con respecto a los de la primera era posible. Fabuloso. Pero lo lamentablemente interesante venía después: resulta que uno de los motivos principales por los que los creadores y Netflix no se plantean la continuación de la serie es porque, además de numerosas alabanzas, han recibido multitud de críticas por la distancia que existe entre lo que la serie cuenta y lo que en realidad sucedía en Hollywood durante aquella época. Es decir, porque determinados aspectos de la trama principal (y de algunas secundarias) están alejados de la realidad. Quejas porque la ficción no se asemeja a la realidad histórica que representa. Interesante.

La Historia, con mayúsculas, es una convención: entre todos hemos decidido aceptar que determinado relato es el que mejor se ajusta a la realidad de nuestro pasado. Es la mejor manera de asumir un marco histórico común, lo que es lógico y necesario, pero aferrarnos a él con una fuerza excesiva puede impedirnos admitir que quizá no es una realidad indiscutible.

Porque, ¿qué es la historia? Perdón, la Historia. Pues la Historia no es más que el conjunto de relatos que han llegado hasta nuestros días acerca de lo que ocurrió en cualquier época anterior a la nuestra. Relatos que han podido llegar de forma escrita, oral o como restos arqueológicos. Pero lo único con lo que podemos trabajar para reconstruir estos acontecimientos pasados es, obviamente, con lo que ha llegado hasta hoy. Es decir, la Historia, nos guste más o nos guste menos, es una convención. Hemos convenido entre todos que lo que tenemos es lo que pasó. La interpretación de los hechos que hemos recibido es la única posible y nuestra concepción del mundo se moldea a partir de estos principios. Evidentemente, todos (o una gran mayoría) tenemos claro que esto no es así. O no solamente así, al menos. Hay muchos sucesos que han quedado ocultos por diversas razones, cantidad que aumenta según retrocedemos en el tiempo. Asuntos omitidos de forma voluntaria, o no; personajes que no aparecen o episodios adulterados. Es verdad, diréis, que si sabemos esto es porque, al final, éstos no se han podido ocultar definitivamente. Yo lo veo desde otra perspectiva: si se han descubierto es porque estaban ocultos, de manera intencionada o involuntaria, pero ocultos; ¿cuántos personajes y/o acontecimientos permanecerán desaparecidos para siempre, sin posibilidad de ser hallados? En Inglaterra, sin ir más lejos, se sigue prácticamente omitiendo hoy en día la figura de Blas de Lezo (aquí tenéis un enlace a su biografía). Hoy. En Inglaterra. Imaginaos qué no se habrá omitido en otras épocas. Y todo esto cuando no estamos hablando de años, e incluso siglos, de historia perdidos para siempre entre las llamas (la destrucción de la biblioteca de Alejandría es la más famosa, pero ha habido muchísimas otras en diferentes épocas como podéis comprobar aquí). El problema ya no es que sea “el vencedor quien escribe la historia”, sino que el vencedor suele arrasar con la historia del vencido y/o compartirla con notables faltas y sesgos (y en ocasiones ni siquiera el vencedor, como en el ejemplo de Inglaterra con Blas de Lezo. De la Hipótesis del Tiempo Fantasma o Teoría del Tiempo Inventado ya tendremos ocasión de hablar en otro momento). Por eso, y esto es únicamente mi opinión, tenemos que tomar la Historia como lo que es: una convención sobre lo que ocurrió en el pasado a través de la cual conocemos, en el mejor de los casos, la mitad de lo que en realidad pasó y con un punto de vista muchas veces sesgado. Un ejemplo: la Historia General de los Piratas, de Daniel Defoe, está escrita de manera que el Imperio Británico quede como salvador de la Humanidad y defensor de la Justicia ante una panda de depravados que nacieron con el mal dentro de ellos. El hecho de que muchos exsoldados tuviesen que refugiarse en la piratería para poder sobrevivir después de arriesgar su vida, e incluso perder algún miembro por el camino, luchando por el Imperio en diferentes guerras y que éste, después de la contienda, los dejase en la estacada, viviendo de la beneficencia en el mejor de los casos, es deliberadamente ignorado en el relato. Que las publicaciones impresas, como muchas otras actividades, tuviesen que pasar el filtro del poder (lo que hoy llamaríamos censura) seguro que no tuvo nada que ver. Hay quien dice, de hecho, que el autor escribió este libro por encargo del Imperio, lo que, de ser cierto, conformaría un gran ejemplo de propaganda. Pero quizá no fue así. Quizá simplemente se le olvidaría mencionar el motivo por el que muchos piratas acababan siéndolo, al pobre de míster Defoe.

Aun así, nos obstinamos en aferrarnos a este tipo de relatos con la fuerza de un oso grizzly. Especialmente si los hechos reescritos o puestos en cuarentena pertenecen a lo que consideramos como parte de nuestra identidad. Dudar de lo que pasó o cuestionarse si lo que se cuenta y cómo se cuenta tiene algo que ver con la realidad es muchas veces tachado de herejía. La historia no se toca. Perdón, la Historia. Por supuesto, esta falta de espíritu crítico tiene otro tipo de consecuencias, pero esto ya lo hablaremos en otro artículo. Lo que hoy me empuja a escribir es esa pulsión interna que nos lleva a disfrutar sin impedimentos con historias que nunca existieron (como las que nos cuentan en Star Wars, Juego de Tronos o El Señor de los Anillos), pero a rechazar reescrituras o versiones abiertamente adulteradas de la Historia. Incluso la saga del ficticio Capitán Alatriste ha tenido un éxito incontestable en la literatura aun estando ambientada en el siglo XVII, si bien es verdad que los acontecimientos históricos que reflejan sus páginas son tal y como aparecen en las crónicas. Tenemos la necesidad inevitable de creer que aquello que nos han contado sobre nuestro pasado es real. Y además, de alguna manera, forma parte innegable de nuestra identidad como parte de un pueblo y su cultura. Por tanto, dudar sobre lo ocurrido es pecado y reescribirlo un sacrilegio. Incluso aunque se haga en un entorno de más que evidente ficción, hay una corriente que rechaza cualquier versión alternativa, por rocambolesca que ésta pueda parecer, que se haga de eventos pretéritos. Estamos más dispuestos a disfrutar con un dragón resucitado destruyendo un gigantesco muro de hielo que con una versión alternativa de la figura de Julio César. A no ser que ésta abrace, más que roce, el absurdo: si es una parodia y se puede detectar de manera inconfundible, entonces no hay peligro. Pero ay de ti como se te ocurra hacer ficción con acontecimientos o personajes que ya tienen su propia identidad en el imaginario colectivo.

Nos aferramos a la historia que conocemos con todas nuestras fuerzas y la más mínima duda sobre ella, si la consideramos parte de nuestra identidad, será rechazada de pleno.

Estoy totalmente en desacuerdo con esta postura (por si no había quedado claro hasta ahora). Es verdad que parto del convencimiento de que la historia (perdón, la Historia) no es más que un conjunto de convenciones que damos por reales. Y no digo que no lo sean, pero lo que seguro que no son es únicas. Las hemos aceptado, les hemos puesto el nombre de Historia y las usamos y nos referimos a ellas sabiendo todos de qué hablamos. Pero ¿por qué no podemos fantasear con personajes que no aparecen en esta Historia? ¿Por qué no podemos imaginar desarrollos alternativos para determinados hechos o finales diferentes a los que nos hemos aprendido? La realidad es muchas veces decepcionante y, la gran mayoría, repetitiva. Nos vemos como especie atrapados en los mismos patrones y repitiendo comportamientos en bucle. Es decir, además de incapaces de aprender, somos aburridos. Por eso defiendo y disfruto la ficción que reescribe la Historia. Especialmente aquellos capítulos más negros o siniestros. No se trata de esconder u olvidar el relato oficial, no. Ya se sabe que “quien no conoce su historia está condenado a repetirla”. Personalmente creo que la repetimos igualmente, pero eso es cosa mía. Lo que considero es que para poner la Historia delante de un espejo están los documentales y los ensayos sobre el tema. Una reinterpretación de determinados hechos, como pasa en el Hollywood de Netflix, o la exposición de un final alternativo al conocido por todos, igual que vemos en Érase una vez… en Hollywood ayudan a galopar a lomos de este entretenimiento evasivo durante un buen rato y, además, incentivan la ilusión del “qué hubiera pasado si…”. Una ilusión necesaria siempre, pero más en estos días. Porque, como ya he dicho, estamos condenados a repetir nuestra Historia por mucho que la conozcamos. Hay sobradas pruebas de ello. Pero si estos relatos y los “qué hubiera pasado si…” que despiertan dentro de nosotros nos ayudan a tomar decisiones diferentes en el presente y el futuro, ya habrán servido de algo.

Por eso no entiendo que la gente se queje en masa porque determinada ficción relativa a unos hechos históricos cualesquiera no sea completamente fiel a lo que ya sabemos. O porque, como pasa en Hollywood, se haga una versión totalmente opuesta a lo que en realidad pasó. La Historia no cambia porque alguien la reescriba en una serie de TV, una película o una novela. Los hechos que todos aceptamos como buenos seguirán estando ahí, conformando la versión oficial, hasta que alguien pueda acreditar que no fue del todo así. Pero, desde luego, no cambiarán porque un producto de ficción, audiovisual o escrito, se saque de la manga una visión distinta. Por otro lado, tenemos que dejar de venerar la Historia. Aceptarla como lo que es, conocerla y tenerla presente, faltaría más, pero dejar de venerarla como verdad absoluta o realidad indiscutible. Porque, al fin y al cabo, la Historia no es más que una historia.

2 comentario en “La realidad está sobrevalorada

  1. Normalmente, en la mayoría de los hechos que han ocurrido a lo largo de la Historia, siempre o casi siempre, hay dos bandos. Por lo tanto, suele haber dos versiones sobre lo ocurrido, los elementos de esas versiones que coinciden son los que dan la «certeza» de lo acontecido, para el resto cabe la interpretación el autor o de quien lo lea. Llevamos arrastrando durante, años, siglos, vete tu a saber, que hay siempre una versión que respeta lo políticamente correcto y esa versión es la que cuenta con el beneplácito de la crítica, censura, gobiernos, etc.
    Los prejuicios no nos dejan ver más allá, es más importante lo que la gente percibe sobre la Historia en una serie, un libro, una película, no vaya a ser que parezcan «malos» los que eran buenos», que la calidad o con la intención que se han hecho.

    Por qué no mezclar en la serie Hollywood hechos que realmente han ocurrido y situaciones que al director o guionista les ha parecido incluir? sean ciertas o no.
    A Tarantino le censuraron o le dejaron de producir Malditos Bastardos o Érase una vez Hollywood? No. Es la doble vara de medir, cómo vas a parar una película que su director es Tarantino, y sus protagonistas Brad Pitt, Di Caprio, etc… en este caso Tarantino no es una traidor es un genio.

    No me voy a extender más porque podría estar todo el día comentando todo lo que has escrito. La idea que yo quiero compartir es que o tienes un currículum enorme con el que nadie te puede alzar la voz para censurarte un párrafo o tienes mucha pasta con la cual puedes crear lo que te apetezca sin depender de la opinión de un memo que lo que realmente le preocupa es lo políticamente correcto, en este caso puedes hablar de la Historia como te parezca.

    1. Efectivamente, por eso debemos usar la Historia como marco común y convenido por todos, pero cogerla con pinzas y espíritu crítico siempre.

Deja una respuesta

Tu dirección de correo electrónico no será publicada.

Esta web utiliza cookies propias y de terceros para su correcto funcionamiento y para fines analíticos. Al hacer clic en el botón Aceptar, acepta el uso de estas tecnologías y el procesamiento de tus datos para estos propósitos. Ver Política de cookies
Privacidad