No mires atrás – Capítulo I

Antonio despertó tirado en el suelo, con la cara pegada a una superficie fría e irregular que parecía de piedra. No tenía ni idea de si esta vez había funcionado. Se sentía igual de aturdido que se había sentido el resto de intentos anteriores, todos fallidos, y ni siquiera acertaba a adivinar cuántas veces había fracasado hasta ese momento.

Poco a poco, no sin esfuerzo, empezó a mirar a su alrededor. Al principio, como siempre le había pasado en el resto de ocasiones, le costaba enfocar incluso los objetos más cercanos. Estaba tirado sobre un frío suelo de piedra, no podía decir todavía si bajo techo o al descubierto. Necesitaba ponerse de pie, pero aún no era capaz de hacerlo por sí mismo, así que se agarró al primer objeto firme que encontró a su alcance e intentó incorporarse mientras sacudía su cabeza para tratar de espabilarse lo más rápido posible. El olor era distinto al que recordaba haber percibido en el ambiente antes de desmayarse. En el helado y oscuro aire que le rodeaba logró distinguir notas de incienso antiguo, un fuerte olor a sótano húmedo y un ligero pero ácido aroma a vino peleón. Cuando por fin consiguió levantarse notó que la estructura a la que se había sujetado para hacerlo estaba construida de un material igual de frío que el suelo, pero más delicado; era una pieza pulida, posiblemente de mármol, tan alta que le llegaba al pecho y coronada por una suave tela que parecía tejida a mano con un hilo finísimo al tacto. Ya de pie, empezó a notar un incesante goteo de agua que humedecía el agua y aturdía sus oídos. El crujir de la madera de viejos muebles se repetía por todos los rincones. Poco a poco, según fue recuperando la vista, se dio cuenta: suelo de piedra, esa mezcla de olores viejos y nauseabundos para su hipotálamo hiperdesarrollado, una mesa elevada y de mármol… ¡había despertado en una iglesia!

Mientras iba recuperando totalmente la consciencia y poniendo el resto de sus pensamientos en orden, empezó a alegrarse de haber despertado precisamente en aquel lugar: al menos ya podía estar seguro de que ni las iglesias ni los objetos allí reunidos constituían peligro alguno para él. Si no hubiera sido gracias a esta casualidad, quizá nunca hubiera reunido el coraje suficiente para descubrirlo por sí mismo.

Una vez restablecido del todo y con sus sentidos en plena forma, sólo tardó unos segundos en darse cuenta de que, muy probablemente, lo había conseguido: no estaba en el parking subterráneao donde arrastró a aquel canalla ni había a su alrededor restos de sangre o del cuerpo de la víctima, como había pasado en sus intentos previos, así que aquello había funcionado definitivamente. Antonio no pudo evitar sonreír hasta iniciar una leve carcajada al estar del todo convencido de que su plan estaba realmente en marcha. Después de hacer un breve reconocimiento ocular de lo que le rodeaba, pudo estar seguro de que la iglesia no sólo estaba abandonada, sino que, además, había estado cerrada a cal y canto durante algún tiempo. Por las cristaleras del edificio, muchas de ellas rotas por la falta de mantenimiento, Antonio pudo cerciorarse de que aún era de noche y, por lo que parecía, lo iba a ser durante algunas horas más, pero era crucial aprovechar estos primeros momentos para comprobar que todo había salido como esperaba. Al final de la nave central, justo enfrente del altar, donde él se encontraba, se alzaba majestuoso un portón principal de madera exquisitamente bien conservada y Antonio consideró que era su mejor opción para salir del edificio. Se acercó hasta el lugar, trastabillando ligeramente al dar sus primeros pasos, pero recuperando por completo el equilibrio antes de llegar a la gran puerta. Todavía no había recuperado sus fuerzas por completo, pero trató de separar las dos hojas de madera. No tuvo éxito. El hierro de las bisagras estaba totalmente oxidado, lo que hacía muy difícil manipularla sin llamar la atención en el exterior. Antonio se dirigió entonces a la puerta lateral, más pequeña, pero tenía el mismo problema que el portón de madera, con el añadido de que no sólo las bisagras estaban oxidadas, sino toda la estructura metálica. Por el ruido que se oía en la calle a través de aquella puerta podía asegurar que, aunque no estaba en la arteria principal de la ciudad, el lugar donde se asentaba la iglesia estaba bastante transitado. Siendo de noche, pensó, y con este bullicio es probable que aún sea pronto. La lluvia que provocaba las abundantes y caudalosas goteras que inundaban parte del suelo de la iglesia le ayudaba a adivinar que era invierno o que éste estaba próximo. Por ello, la esperanza de que, aunque oscuro, fuese una hora temprana de la noche cobraba más fuerza en su cabeza, aunque no tuviese razones de peso para estar seguro. Esto le animó a pensar que tenía tiempo suficiente para dejar que la gente volviese a sus casas tras sus tareas cotidianas y, una vez la calle estuviera más tranquila, intentar manipular cualquiera de las dos puertas para abandonar el lugar sin dejar rastro en ellas ni que el ruido provocado por la corrupción del metal le delatase.

Se sentó en el suelo con la espalda apoyada contra la pared de piedra y cerró los ojos para intentar recuperar fuerzas. Pero inmediatamente le asaltó el pensamiento contrario al inicial: si es invierno -o éste está cerca-, también es posible que esté naciendo el día, aún oscuro, y que todos aquellos que no esperan al amanecer para empezar su jornada ocupen ya las calles. Algo parecido a un escalofrío recorrió su espalda. Por un lado, empezaba a notar el cansancio propio del viaje y tenía que encontrar alimento sin demora; por otro, disponía del tiempo justo para llevar a cabo su plan, con lo que no podía permitirse esperar dentro de la iglesia a que volviese a anochecer y perder así un día entero. Además, no sabía si tendría fuerzas para aguantar tanto tiempo. Tenía que buscar otra manera de llegar al exterior sin perder un segundo. Se incorporó casi de un salto, lo que le provocó un leve mareo. Mirando hacia la parte superior del templo se dio cuenta de que los huecos que el vandalismo o las travesuras habían provocado en las cristaleras de colores eran una invitación a encaramarse a ellas de un salto y desde allí alcanzar el suelo al otro lado. En condiciones normales habría sido su primera opción sin dudarlo, pero Antonio se encontraba demasiado débil como para intentar un brinco de tanta envergadura para el que, debido a su cansancio, seguramente sólo tuviese un intento. Sin referencia horaria no podía arriesgarse a malgastar las pocas fuerzas que le iban quedando en un salto de más de cinco metros de altura. Era necesario salir de allí con el mínimo gasto de energía posible.

Antonio desechó la posibilidad de las cristaleras igual que había descartado la opción del portón o la puerta metálica lateral. Había que encontrar otra salida. A diferencia del portón de la iglesia, la madera de la puerta que daba a la sacristía estaba bastante deteriorada por la humedad y el paso del tiempo, prácticamente descansaba sobre el marco, por lo que no le fue difícil derribarla para entrar a la estancia. Ésta quedaba medio escondida tras una columna a pocos metros a la derecha del altar. La habitación era pequeña y el techo tendría no más de dos metros de altura, lo que no dejaba de dar una angustiosa sensación de asfixia incluso sin haber puesto todavía un pie en ella. Las esquinas de la habitación estaban llenas de telarañas en las que el polvo se había acumulado durante años, o al menos esa impresión le dio a Antonio. Excrementos de pequeños animales, probablemente ratas y ratones, se acumulaban en zonas específicas del suelo de la sacristía, probablemente en las zonas más transitadas por estos pequeños roedores al entrar o salir del estrecho cuarto. Un viejo armario tan estropeado como la puerta de entrada ocupaba un gran hueco de pared frente al acceso. Las dos patas de la izquierda habían cedido al peso del mueble y la humedad y se habían partido, haciendo que el armario descansase en esa parte directamente sobre el piso. Al otro lado, donde las patas aún resistían, había en el suelo una caja de cartón con cuatro botellas de cristal de corchos desgastados que dejaban escapar el repugnante hedor a vino corrompido que embriagaba el ambiente. A la derecha, una mesa de madera en condiciones similares al armario descansaba bajo un pequeño ventanuco estrecho y con el cristal prácticamente desaparecido que se alzaba en la parte superior de aquel muro, limitando su parte superior con el techo de la habitación. La ausencia del vidrio en esta abertura había ayudado a que el agua de lluvia se colase en la sacristía favoreciendo el desgaste de la madera, además de haber enfangado el suelo que ahora pisaba Antonio. Pero todo esto poco o nada importaba ahora: ¡el ventanuco de la sacristía era la oportunidad perfecta para salir de allí! Decidido, atravesó el suelo embarrado en dirección al hueco hacia su libertad sin preocuparse por el daño que el agua turbia que cubría los baldosines de la sala pudiese causar en sus botas negras de piel. Su considerable altura le sirvió de ayuda a la hora de encaramarse al vano para escudriñar la calle poniéndose sólo de puntillas. La ventana daba a un callejón oscuro y estrecho que algunos vecinos usaban como basurero, sin apenas tránsito de gente. Sin dudarlo, se agarró al marco de metal, que todavía conservaba pedazos de cristal en forma de afilados dientes, intentando no dañarse las manos a la hora de impulsarse fuera. Pero el hueco era demasiado estrecho como para poder salir usando sólo las manos. Necesitaba apoyar sus pies en algo que hiciese las veces de plataforma mientras encontraba la manera de arrastrarse hacia la calle a través del agujero de poco más de metro y medio de longitud.

Inmediatamente se giró y miró la mesa, carcomida por el tiempo y el agua, y por un instante dudó que pudiese soportar ya no su peso, sino siquiera el de una mosca. Pero no tenía muchas más opciones, así que la agarró de un extremo y la arrastró cuidadosamente hasta colocar bajo el hueco de la pequeña ventana la parte en la que las patas parecían más firmes y mejor conservadas. Con mucho cuidado y aguantando la respiración, Antonio se encaramó al tablero. Enseguida volvió a agarrarse al marco metálico y empezó a tirar de su cuerpo hacia fuera. El apoyo en el viejo y gastado mueble estaba siendo crucial, pero no quería abusar de su suerte, así que, usando sólo las puntas de sus pies, dio un pequeño bote con sus piernas hacia el exterior al mismo tiempo que empezó a reptar hacia el oscuro y vacío callejón. A pesar de su estatura, Antonio seguía destacando por su fibrosa delgadez, pero, aún así, le parecía que todos los flancos de su cuerpo rozaban a la vez con las cuatro paredes del angosto pasillo. Cuando su rostro ya podía notar la brisa de la calle pudo escuchar el sonido de la mesa derrumbándose bajo el ventanuco dentro de la sacristía.

2 comentario en “No mires atrás – Capítulo I

  1. Hola he leído este texto con interés y en mi opinión esta muy bien escrito y descrito, mantiene en todo momento el interés del lector. Bien!!!!

    1. Muchas gracias! Espero que tengas tiempo para echarle un ojo al resto de artículos y dejar algún comentario si crees que merece la pena. Espero que te siga gustando!

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