¿Merece la pena?

Cuarentena por el coronavirus: no es el momento de reflexionar sobre si la vida merece la pena. ¿O quizá sí?

La Organización Mundial de la Salud declara que el brote de coronavirus COVID-19 se ha convertido en pandemia, la cantidad de países afectados ha ido creciendo como la espuma, el número de afectados y muertos en todo el mundo se incrementan de manera exponencial en cuestión de horas y todo esto nos lleva a una situación en la que familias enteras permanecen, permanecemos, aislados en nuestras casas durante no se sabe cuánto tiempo.

Los detractores de las medidas tomadas aparecen en la misma proporción que los defensores de aquellos que las toman; la población -como hacía hasta ahora, pero con otros temas, por cierto- aprovecha para discutir sobre si es ético o no decir que afecta especialmente a personas mayores o enfermas; y un pequeño grupúsculo se afana en intentar proteger a los animales del comportamiento que el miedo y la ignorancia suele causar en el ser humano.

La sobreinformación, tan contraproducente o más aún que la falta de información, anega nuestros televisores y teléfonos con millones de datos; los efectos del aislamiento empiezan a notarse en las cabezas y en las familias; y la incertidumbre de cuándo -porque el miedo nos impide pensar en el cómo- acabará esto empieza a hacerse un hueco en nuestra rutina diaria.

Y mientras todo esto sucede, mientras esta vorágine de datos, pensamientos, reacciones y comportamientos se entrelazan en nuestro día a día como los cables guardados en el cajón, una idea empieza a abrirse camino en la cabeza de algunos de los confinados. No es miedo a la propia supervivencia, ya que no formas parte de ninguno de los grupos de riesgo. Tampoco se trata de hastío por el encierro. O, al menos, no todavía. Ni siquiera podemos decir que sea estrés “pre-traumático”. Es un pensamiento que va invadiendo cada vez a más padres. Aparece por la noche, en el momento que se cuela entre la desconexión total con las noticias sobre el virus y el apagado de luces hasta el día siguiente. Cuando miras hacia abajo, a los más pequeños, y piensas: “¿de verdad les he traído a este mundo?”. Y es entonces cuando se ha plantado la semilla, que irá creciendo en lo más profundo de tu mente hasta convertirse en una preocupación real y casi palpable (Origen, Cristopher Nolan, 2010). Es un desasosiego legítimo en cualquier padre o madre. Estamos viviendo la situación más excepcional de nuestras vidas. Nadie sabe cómo se hace esto, porque no nos había pasado ni a nosotros ni a nuestros padres. Y, de repente, nos vemos teniendo que lidiar con este tema nosotros mismos y, además, teniendo que hacérselo fácil a nuestros hijos, sobre todo si son pequeños. Igual que los adultos, cada uno reaccionará de una manera. Lo importante, en realidad, es cómo nos vean comportarnos a nosotros. Pero lo que no podemos es hacernos trampas al solitario, pensar que, sea cual sea la explicación que le demos a esta pandemia (conspiración internacional, ineptitud de los encargados de que esto no pase, castigo divino o universal por nuestro comportamiento…), hemos traído a nuestros hijos a una vida desgraciada y un mundo que no merece la pena. Porque no es así. Obviamente, no es el momento para reflexionar sobre este asunto, pero es que tampoco es real.

Cualquiera decide tener hijos bajo la premisa básica de que la vida merece la pena. Que los momentos dulces superarán a los desagradables al final del camino. Pero tampoco debemos pensar que momentos de este tipo no llegarán, porque lo harán.

No es real porque cuando cualquiera decide tener hijos es bajo la premisa de que, básicamente, esta vida merece la pena ser vivida. Que los momentos dulces superarán a los desagradables en número y/o fuerza y que la gente, experiencias y aprendizajes que te llevas a lo largo del camino valen el precio que nos hagan pagar por ellos. Porque habrá momentos difíciles, por supuesto. El que estamos viviendo ahora mismo es un momento difícil a nivel colectivo, pero los hemos tenido, y los tendremos, también a nivel individual. Y es que la vida no es un camino de rosas decorado con purpurina brillante y confeti de colores que recorreremos comiendo algodón de azúcar rosa. La vida tiene sus momentos duros. Etapas de mierda. Y ahora estamos viviendo una de esas etapas. Impone mucho más porque es una etapa que nos afecta a miles de millones de personas alrededor del mundo, porque se han tomado medidas que atañen a todo nuestro país y también, por qué no decirlo, porque la amenaza es invisible y desconocida.

En nuestro propio desarrollo individual como personas pasamos por momentos de este tipo. Momentos de pérdida de la inocencia. Experiencias que provocan que nunca vuelvas a ver la Navidad con los ojos de un niño o desencantos como darte cuenta de que tus padres no sólo no lo saben todo sobre cualquier tema, sino que no son tan virtuosos como los habías visto hasta entonces. Ser consciente de que alguno, o muchos, de tus “amigos” no tendrá problemas en alojarte un puñal entre los omoplatos cuando más le convenga y sin ruborizarse. O, por supuesto, pasar por el trago de perder a un ser querido de manera fulminante e inesperada. Es duro enfrentarte a cualquiera de estas situaciones, es complicado traspasar el umbral de la inocencia sabiendo que no tiene vuelta atrás. O quizá, y sobre todo, por eso mismo. Pero es necesario hacerlo para poder convertirte en un adulto maduro y operativo. Consciente y competente. Y para, en su momento, ayudar a que otras pequeñas personas se conviertan en adultos cuando les toque. Porque momentos como este, y peores, han sucedido a lo largo de toda la historia de la Humanidad y el ser humano siempre ha sacado fuerzas de donde SÍ las hay para reponerse, levantarse y seguir adelante. El siglo XX está plagado de ejemplos de este tipo, sin ir más lejos, y muchos de ellos bastante más graves que lo que hoy estamos sufriendo.

El momento que vivimos, en mi opinión, tiene mucho de pérdida de la inocencia a nivel colectivo, de momento de madurez como sociedad. Vamos a cruzar un umbral, como país y probablemente como especie, que asusta cruzar porque sabemos que no hay vuelta atrás. Esa puerta se cerrará al otro lado para no volver a abrirse. Pero delante se abrirán otras. Y, al traspasarlo, lo haremos más fuertes, más seguros y más maduros como conjunto. Asimismo, no podemos ver esto sólo como un vaso medio vacío. El vaso también está medio lleno. Está medio lleno porque vamos a madurar como individuos, como familias y como sociedad. Está medio lleno porque esta experiencia nos está sirviendo como “entrenamiento” a todos los estamentos -sociedad civil, ejército, políticos, empresas y, sobre todo, los que se están dejando la piel y el alma: el personal sanitario- para cuando tengamos que enfrentarnos a una amenaza global de mayor letalidad que ésta, sea de la naturaleza que sea. Está medio lleno porque nos va a ayudar a reorganizar nuestras prioridades, si es que no las teníamos claras aún. Está medio lleno porque es un gran momento para aprender (o reaprender) a darle a cada cosa la importancia que realmente tiene. Y está medio lleno también porque nos va a ayudar a, en el futuro, disfrutar, valorar y exprimir al máximo cada momento de celebración. Esto último es lo que en ningún momento se nos tiene que olvidar. Llegará la segunda semana de confinamiento, llegará la prórroga del estado de alarma, llegarán medidas que, posiblemente, aún no podamos ni imaginar. Pero no podemos olvidarnos de que todo esto pasará y volveremos a juntarnos, a cantar, a -con el tiempo, seguro- besarnos, abrazarnos y, sobre todo y más importante, a celebrar. Lo que sea y cuando sea, pero volveremos a celebrar. Cumpleaños, nacimientos, fiestas sorpresa, bodas e incluso divorcios. No podemos dejar de celebrar cualquier ocasión porque eso es lo más importante que hay en la vida: celebrar.

Y es que estos trances son importantes. También son necesarios. Es fundamental que existan estos momentos, que los suframos y que encontremos las herramientas para superarlos. Porque el camino de rosas decorado con purpurina brillante y confeti de colores que recorremos comiendo azúcar de algodón rosa no sería tan interesante, divertido y especial si detrás de alguna de sus curvas no nos acechase el lobo feroz.

6 comentario en “¿Merece la pena?

  1. Buen inicio, Tortuga Pirata. Seguiré de cerca tus pasos y reservaré mis apuntes, si los hubiere, que seguro que los habrá, para posteriores lecturas… Que el debut bien merece un aplauso.
    Bravo!

  2. En un mundo donde todos nos quejamos de no tener tiempo, recibimos el “regalo” de tenerlo de sobra. Se acaban las excusas, y ahora se ve de verdad la iniciativa de cada uno.

    Gran reflexión, y gran momento para hacer!

  3. Me ha gustado leerte. Como en todo lo demás, la realidad tiene tantos matices como interpretaciones personales. Ante una situación que no hemos vivido antes siempre hay lugar para la esperanza, para ver qué oportunidades nos ofrece este encierro y quizás tomarnos un tiempo, que antes no hemos tenido, para reflexionar. en momentos como este, la naturaleza humana siempre sorprende.

  4. Es la realidad, suscribo absolutamente todo. Cuando se apagan las luces y terminas el día es inevitable pensar en lo que estamos pasando y lo que está por venir. Ahora más que nunca, pienso como será la vida de los peques a partir de ahora. Gracias figura!

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